El objetivo de la política es identificar y construir el bien común para un país que le pertenece a todos.
Para que haya un descubrimiento del “bien común” debe de haber disposición al diálogo, a la madurez y a la humildad, para aceptar que la verdad no está en una ideología sino en la habilidad de escuchar y por eso se debe valorar el punto de vista de la oposición. La falta de cooperación es una muestra de inhabilidad política y arrogancia.
El mes pasado tuvimos la oportunidad de ser confrontados por el embajador de Estados Unidos, Douglas Barclay, quien llamó la atención a los gobernantes de El Salvador para acabar con la polarización.
Dijo: “Todos los políticos y los partidos deben trabajar en conjunto para el bien común de la nación”.
El escenario político debe de ser el lugar donde los intereses individuales se transformen en un bien colectivo que beneficie a todos los sectores de la sociedad a través del diálogo, valorando las necesidades de los diferentes sectores y reconociendo que es imposible llegar a la verdad con políticas excluyentes.
Según las palabras del apóstol Pablo, el vínculo perfecto es el amor. Es una contradicción decir que se ama al país cuando partidos que supuestamente trabajan por el mismo objetivo de un mejor país estén tan divididos. Si no hay un vínculo de amor en la Asamblea, ¿cómo podemos esperar que se resuelvan problemas de odio como el de la violencia y las maras? Al jalar en direcciones opuestas se pierde de vista un objetivo común a cambio de metas personales.
Ante la declaración del embajador Barclay, los líderes se refugiaron en la misma autojustificación de siempre. Líderes ciudadanos también cayeron en el síndrome del señalamiento.
El presidente de la ANEP hizo el siguiente llamamiento al Frente diciendo: “Me da la impresión de que es su fracción la que se aparta del estado de derecho” sin reparar en que la polarización se debe precisamente a ese tipo de aseveraciones basadas en orgullo político que dan lugar a la censura del bien común.
Este tipo de “bien”, por ser “común”, nace del consenso que se da al valorar las diferentes voces representadas.
Para esto es necesario que nuestros líderes tengan la capacidad de escuchar y no sean ensordecidos por la arrogancia o un falso orgullo que viene del resentimiento. Platón decía que solo a través del diálogo se llega a la verdad.
En El Salvador tenemos a dos fuerzas políticas que representan justamente a diferentes sectores: este no es un país solo de ricos ni solo de pobres, y hay que reconocer que cada sector es una fuente de verdad.
Jim Collins, gurú del management moderno, mencionó en el Harvard Bussiness Review que la característica de liderazgo más importante para elevar a una organización de la mediocridad a un constante estado de excelencia es la humildad.
El Salvador necesita líderes que practiquen la humildad escuchando. Ojalá que en esta época navideña nuestros líderes nos regalen un poco de buena voluntad y que Dios los transforme en estadistas cuyo ingrediente fundamental sea el vínculo perfecto del amor. El Salvador lo merece.
miércoles, 20 de diciembre de 2006
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